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lunes, 5 de diciembre de 2011

Vuelta de tuerca sobre el aborto

Hace unos días ocurrió algo que no fue publicado en los medios. Sin embargo merece un lugar de privilegio entre las decenas de atroces y brutales noticias que nutren nuestros telediarios y noticieros.
Nos lo cuenta Bruno Moreno, con su habitual mirada lúcida, en su blog "Espada de doble filo". Le cito textualmente:
Durante décadas, la propaganda abortista buscó demostrar que el aborto no mataba a un niño, sino únicamente a un “grupo de células” que después, en algún momento que no quedaba claro, se convertiría en un niño. 
Hace unos días, se publicaron las Directrices sobre el cuidado de las mujeres que desean un aborto provocado, del Real Colegio de Tocólogos y Ginecólogos del Reino Unido. Es sabido que, dentro de Europa Occidental, Inglaterra fue la pionera en la legalización del aborto. Por ello, el aborto se ha convertido allí en algo adquirido y a lo que todo el mundo está acostumbrado, así que ya no hay que convencer a nadie de nada. En estas directrices de la asociación oficial de los tocólogos y ginecólogos británicos, se muestra claramente que los médicos saben que están matando a niños que en nada se diferencian de un bebé nacido… y no les importa en absoluto. No es que lo diga yo, lo dicen los médicos. Veamos los textos del propio documento:

“RECOMENDACIÓN 6.21
Debería realizarse un feticidio antes del aborto médico que se produzca después de 21 semanas y 6 días de gestación, para asegurar que no haya ningún riesgo de que el feto nazca con vida”.
Difícilmente podría decirse más claro. Si el feto es suficientemente mayor, hay que matarlo antes del aborto porque, de otro modo, podría perfectamente nacer vivo. Y ése es un riesgo que no se puede correr. ¿No se ponía antes tanto cuidado en decir “interrupción del embarazo” en lugar de aborto? Sin embargo, los ginecólogos británicos dejan claro que interrumpir el embarazo no es lo que se busca, porque en algunos casos podría interrumpirse el embarazo pero con un niño nacido vivo, así que lo que hay que hacer es matar primero al niño. Eso es lo que se quiere y no otra cosa.
El documento sigue diciendo:
“Provocar la muerte del feto antes del aborto médico puede tener consecuencias beneficiosas de tipo emocional, ético y legal”.
Esta frase es de una desfachatez asombrosa. ¿Consecuencias emocionales beneficiosas?Claro, es comprensible. Si en lugar de matarlo y luego sacarlo de la madre lo hicieran al revés, a esa mujer podría resultarle emocionalmente perjudicial ver cómo liquidaban a su hijo ante sus ojos Recoge también el documento, supongo que sin ver la ironía del asunto, que “en un estudio, el 91% de las mujeres indicó que prefería que el feto estuviera muerto” al realizar la interrupción del embarazo.
¿Consecuencias legales beneficiosas? Pues sí, porque por la absurda contradicción de las leyes abortistas, si se realiza el aborto y el niño nace vivo, matarlo es un delito, mientras que matarlo primero y luego realizar el aborto está permitido. Esquizofrenia jurídica de la peor especie. Quizá lo más cínico sea lo de las consecuencias beneficiosas de tipo ético, porque ¿quién puede ver una diferencia ética entre matar al niño dos minutos antes de sacarlo del seno de su madre o dos minutos después? Sólo alguien a quien la ética le trae sin cuidado.
El ser humano se acostumbra a todo y hasta los actos más horribles engendran la indiferencia con el tiempo. Basta ver cómo se habla del asunto con una naturalidad espeluznante:
A las 8 semanas de vida
“Cuando haya una decisión de abortar un embarazo después de 21 semanas y 6 días, debería ofrecerse de forma rutinaria el feticidio […] si no se realiza un feticidio, el feto podría nacer vivo y sobrevivir, lo cual contradiría la finalidad del aborto”.
Es llamativo que alguien pueda usar la palabra “feticidio” y “rutinariamente” en la misma frase. ¿No se nos decía que el aborto era una tragedia tristemente necesaria para salvaguardar la salud o la libertad de la mujer? Aquí, en cambio, se dicen las cosas como son: se ofrece rutinariamente matar al feto antes de interrumpir el embarazo. La tragedia se ha convertido en una rutina.
En cualquier caso, ésta es la frase más clara, con la cual la careta cae definitivamente: “si no se realiza un feticidio, el feto podría nacer vivo y sobrevivir, lo cual contradiría la finalidad del aborto”.Reconocen que el niño podría nacer vivo en ese momento, así que hay que matarlo, porque “ésa es la finalidad del aborto”. La verdadera finalidad del aborto no es interrumpir el embarazo, ni salvaguardar la salud o la libertad de la madre ni ninguna otra cosa más que conseguir que muera el niño.
¿Cómo realizar el feticidio? Muy fácil:
“El Real Colegio de Tocólogos y Ginecólogos del Reino Unido recomienda una inyección de cloruro potásico […] en un ventrículo cardiaco. Podría necesitarse una segunda inyección si no se ha producido una asistolia en 30-60 segundos”.
Es decir, al feto le inyectan una sustancia tóxica en el corazón y, si no se le para el corazón, le ponen una segunda inyección para asegurarse. Según dicen en el mismo documento, también es posible ponerle al feto una inyección dentro del tórax de digoxina u otra inyección en el corazón de lidocaína. Eso sí, estas dos técnicas tienen el peligro de que “no siempre provocan el fallecimiento del feto”.
En cualquier caso, nos aseguran que “el feto no puede experimentar dolor en ningún sentido” en este momento. En primer lugar, es una afirmación con muy dudosa validez científica. Basta ver en qué la basan: “quedó claro que las conexiones de la periferia a la corteza cerebral no están intactas antes de las 24 semanas de gestación y, según creen la mayoría de los neurólogos, la corteza cerebral es necesaria para la percepción del dolor, así que puede concluirse que el feto no puede experimentar dolor en ningún sentido antes de este momento de la gestación”. Basta unconocimiento básico de lógica para entender que “no están intactas” no es equivalente a “no existen”, que la creencia de la mayoría de los neurólogos no es un dato científico y que, desde luego, de las dos premisas anteriores no se puede sacar ninguna conclusión categórica con derecho a llevar el nombre de científica. En segundo lugar, otro mero ejercicio de lógica básica muestra que el asunto del dolor es moralmente irrelevante en este caso, porque matar a alguien no es sustancialmente malo o bueno dependiendo del dolor que se inflija, lo grave es matarle. ¿O alguien piensa que el asesinato de un adulto ya no es delito si se hace mientras duerme para que no sufra?
Creo que este documento muestra algo muy claro. Hemos llegado a un punto en que los promotores del aborto, al menos en algunos países, creen que pueden quitarse la careta sin peligro. No se avergüenzan de mostrar que todo lo que se nos dijo para ir introduciendo poco a poco el aborto en nuestros países era falso. Ya no les importa. Son como el timador que te roba el dinero y luego, además, se ríe en tu cara por lo tonto que has sido. El mundo occidental ha sido objeto de un tremendo timo, con consecuencias terribles. ¿Sabremos reaccionar aunque sea después de tanto tiempo? ¿Nos queda aún algo de hombría para reconocer que nos hemos dejado engañar y para volvernos contra los que nos mintieron o preferiremos fingir que no ha pasado nada?

viernes, 29 de octubre de 2010

Bajo la piel

Hace poco me enteré que existe un organismo que se introduce bajo la piel y nos acompaña hasta la muerte. Se desarrolla lentamente, oculto a nuestros ojos. Esta forma de vida no produce dolor ni afecta a ningún órgano. Tampoco acorta nuestra vida, de forma que se hace prácticamente uno con nosotros en secreto.
Podría ser tan inocuo como muchas bacterias con las que convivimos a diario, pero lo inquietante es que afecta a las reacciones químicas que se producen en nuestro cerebro, y de este modo a nuestras decisiones.
Mi preocupación inicial se transformó en alarma cuando me di cuenta de que cerca del 95% de la población adulta está afectada. La población infantil está libre, pero a medida que crecen, y sobre todo durante la adolescencia, entran en contacto con este organismo y en un momento u otro, sin darse cuenta, lo tienen bajo la piel, creciendo en silencio.
Creo que sin duda estoy infectado. Es inquietante pensar que cuando apago la luz en una habitación, a oscuras, ya no estoy solo, sino que hay otra cosa que no soy yo dentro de mí. Y que algunas decisiones puede que no las esté tomando yo solo, sino "ayudado" por este compañero que ha contaminado mi cuerpo poco a poco.
No es un animal, ni de un virus, bacteria o parásito, sino una forma de pensar que se ha insertado tanto en nuestro interior que creemos que es parte de nosotros. Se trata del modo en que sentimos y entendemos nuestra sexualidad.
¿Cómo es esto posible? Durante mucho tiempo la sexualidad estuvo manchada por la culpa. El placer que conlleva hacía que se percibiera lo sexual como algo impuro, imperfecto, peligroso. Esa mancha de culpa se había filtrado tanto, que al intentar eliminarla nos llevamos también otras cosas. Y así se produjeron dos rupturas que han creado ese pensamiento que coloniza nuestras neuronas en silencio.
Primero se separó la sexualidad de la reproducción, de forma que podíamos tener una sexualidad "plena" eliminando la posibilidad de concebir. Después se separó la sexualidad del amor, de forma que podíamos tener una sexualidad "plena" sin sentir nada por el otro. Así hemos llegado a una sexualidad cuya plenitud se reduce al placer que podamos experimentar.
Pensamos que con esto hemos puesto la sexualidad en el lugar que se merece, y hemos abierto la veda a la caza del placer.
Esto podría ser cierto... si fuera verdad. Pero la realidad es otra. Intentamos eliminar de la sexualidad dos componentes que están insertos en su naturaleza, obteniendo con ello una sexualidad ultralight, reducida a su mínima expresión.
Elegimos cada gesto físico que realizamos entre personas para expresar diferentes cosas: un abrazo para un amigo necesitado, una mirada de atención para alguien que necesita hablar, un apretón de manos para quién que acabamos de conocer, ... Y de la misma forma, para expresar el amor profundo que podemos sentir por alguien elegiremos el gesto físico más adecuado, y ese conjunto de gestos conforma la sexualidad.
Así mismo, en las relaciones sexuales reside la posibilidad del ser humano de participar en la creación de una vida que antes no existía.
Siendo ambas cosas, amor y vida, tan importantes, las encontramos dentro de un envoltorio exuberante: un placer de extraordinaria intensidad vital. Se trata por tanto de un regalo profundo para el ser humano, envuelto en un papel brillante.

Sin embargo, al estar contaminados por este pensamiento que vive enterrado bajo nuestra piel, hemos vaciado el interior del regalo y pensamos que la sexualidad es solo papel de colores. ¿Y qué sentido tiene un regalo en el que solo existe el envoltorio y dentro tiene aire?

Así podemos vivir la sexualidad con una venda en nuestros ojos, como si el amor y la vida no existiesen. Y cuando estas dos realidades luchan por emerger, ese parásito que nos infectó se rebela con más fuerza, y nos impulsará a poner un parche aquí y otro allá. Pero con el tiempo, el amor y la vida acaban filtrándose por las grietas de una estructura que hemos creado imperfecta. Y entonces, nos encontramos con algo que no sabemos bien cómo manejar. Con un regalo que hace tiempo perdió su significado.
Esta forma simple de sexualidad se ha insertado en nuestro fluido sanguíneo, y está ya tan dentro que no solo es una opción, sino un derecho y una obligación. Así que si algún joven no está todavía domesticado por ese organismo palpitante, se hacen leyes y programas para que todos, y cuanto antes mejor, queden infectados.

Así vemos como desde instituciones oficiales se crean recursos para jóvenes con unos contenidos teñidos en mayor o menor medida por esta concepción. Por ejemplo, la Consejería de Salud Catalana ha creado Web Sexe Joves, o la Consejería de Salud de la Comunidad de Madrid, la web Si te lias. De la misma forma surgen portales de educación sexual altamente impregnados de este pensamiento, como Sexpresan.
Y asistimos naturales a una modificación de la ley del aborto que obliga a los centros escolares a formar a los alumnos en Educación Afectivo Sexual, desde un enfoque similar.
Todas estas iniciativas cuentan con ciertos elementos de valor y nacen, no lo dudes, con la mejor de las intenciones. Pensando que se da la oportunidad al joven de vivir una sexualidad plena, sin represión ni culpa. Sin percibir que vivirlo así, nos incapacita poco a poco para degustar uno de los mayores regalos que hemos recibido en esta vida. Sin darnos cuenta de que estamos alimentando ese organismo extraño que respira bajo nuestra piel y que anestesia nuestra percepción de las realidades profundas de la sexualidad.
Y después, por mucho que escudriñemos cada palmo de nuestra piel y agudicemos nuestro oído intentando escuchar, no podremos oir su respiración ni sentir su palpitar. Pero está ahí debajo, en silencio.